lunes, 31 de mayo de 2010

El camión de la basura

De todas las cosas fascinantes que ocurren a la noche, el camión de la basura es lo máximo.
Tiene todo para ser un ganador. Tiene muchos olores, y con viento a favor lo olemos desde muy lejos. Es grande y ruidoso, así que lo podemos oír desde un rato antes de que llegue. Tiene luces de colores que dan vueltas. En fin, es irresistible. Por supuesto, todos los perros de la cuadra ladramos como dementes. Los que están sueltos en la calle (y no son pocos) le salen al encuentro una cuadra antes, corren por detrás y a la vuelta, y después lo siguen otra cuadra,  aullando histéricamente todo el tiempo. ¡Qué envidia!
El pibe que corre y revolea las bolsas es otro motivo de atracción.  Nadie lo toca, y él ni los mira a los histéricos. Pero esto no es con todos. Quiero decir, le ladran, le muestran los dientes y le corretean a todo lo que pasa, con un orden de prioridades:
  • otros perros,
  • gente a caballo (sí, a veces pasa gente a caballo, porque mi calle es de tierra),
  • bicicletas,
  • motos,
  • autos,
  • camiones,
  • ómnibus,
  • peatones.
A los aviones no les ladran, pero mejor  no les demos ideas.
Como iba diciendo, al pibe que corre lo respetan. Sospecho que les debe haber dado un par de razones suficientemente contundentes como para dejar la cuestión zanjada de una vez por todas. La cuestión es que ni se arriman.
Cuando se va, quedan en el aire mil olores. Los humanos no entienden, no pueden entender lo que es tener un olfato como el nuestro. Para nosotros es como si el camión tuviera pegado en el costado un cartel con el menú de todas las cosas ricas que hay adentro. Pero no nos dejan. Qué mala onda. Ni siquiera nos dejan investigar la bolsa de la basura. ¿Qué daño le puede hacer a nadie que investiguemos un poco? Pero no nos dejan.