sábado, 8 de mayo de 2010

Reglas

Dije ayer que me parecía muy mandón. Bueno, me afirmo en la idea. Yo estaba acostumbrado a la libertad: la única regla eran mis ganas. Podía hacer algo si estaba en condiciones de defender mis ganas con mis dientes. Pero este tipo no opina lo mismo. Por lo visto, tiene la curiosa teoría de que él me puede poner límites. ¡A mí! Es verdad que me trata bien, me dio afecto, un techo, comida y agua: un hogar. Eso le juega a favor, tengo que reconocer. Pero me pone reglas, y si las rompo me reta. No se enoja, pero ya he comprobado que no se da por vencido nunca, y al final me gana por cansancio. Yo soy perro, no tengo reloj ni agenda, y no le puedo decir a mi secretaria que me pase el asunto para mañana. Gano o pierdo en el momento. Y siempre me gana.

Por ejemplo, no me deja que le salte y le ponga las patas en la ropa. Quién entiende a los humanos. O sea que él me puede tocar todo lo que quiera, pero yo no puedo. Mal, muy mal. Tampoco me deja abalanzarme sobre la comida. Me hace sentar y espera a que me quede quieto. Recién entonces me deja comer. ¿Qué gana con eso? No me deja rascar las puertas, ¿dónde se ha visto? No me deja rascar las puertas, qué mal. No me deja salir fuera de la reja, si no es con correa. ¿Quién se cree que es, quién se cree que soy?

Extraño la libertad que tenía en la calle. La calle misma no, la verdad es que no la extraño. Pero sí mi libertad.

No sé por qué digo todo esto. Casi me parece que es una cuestión filosófica. Alguien tiene que mandar, y él parece dispuesto a no bajarse de la candidatura. Si él fuera perro, yo se lo podría pelear, pero es humano, y no me  nace morderlo (además, ya averigüé que tiene mucha fuerza y la mano pesada). Trae la comida y el agua. Me da un techo.

Así que acepto las reglas. No es que me guste, pero no me deja opción. Por lo menos estoy tranquilo, sé a qué atenerme.

Por ejemplo, me deja ladrar un poco a los perros que pasan. Pero si me obsesiono me hace callar. Y si no me callo sale y me obliga. Es que a veces me pongo loco y no atiendo razones. En realidad, cuando ladro sin límites me voy apasionando sin darme cuenta. No sé por qué pasa eso. Tal vez si estuviera suelto, en vez de ladrar iríamos a los dientes, gastaríamos la adrenalina, y nos quedaríamos tranquilos de nuevo. Sangrando, tal vez, pero tranquilos. En cambio, estoy detrás de la reja, y los otros perros pasan, y yo les ladro. Y como estaba diciendo, cuando ladro sin límites me pongo loco, y cuando al final los perros de la calle se van yo me quedo, y me quedo loco. Después me trepo por las paredes, corro sin ton ni son, no puedo parar. Y es que realmente me quedo alterado. Así que en realidad no me conviene ladrar hasta la sobredosis, por mucho que me guste.

Tal vez no sea tan malo tener algunas reglas, después de todo.