martes, 25 de mayo de 2010

Las cortinas

Felices. Estábamos felices de nuestra hazaña. Pero cuando llegaron nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Nos miraron feo, volvieron a poner la cortina en la ventana de la cochera, nos apuntaron con el dedo, y todo quedó ahí.
A la mañana siguiente, estábamos felices de nuevo. La satisfacción que se siente al descolgar una cortina no la puedo describir. Cuando aparecieron, pusieron cara más fea, y nos apuntaron con el dedo. Volvieron a colgar la cortina, y esta vez pusieron una mesa delante de la ventana. A Lisa le pareció muy buena la idea de la mesa: saltó encima y descolgamos de nuevo la cortina. Que ya estaba un poco rota, pero bueno, es parte del juego.
A la mañana siguiente nos miraron muy feo, y nos amenazaron con una alpargata. Pusieron un cartón prensado entre la mesa y la cortina.
Pasó un día.
Pasó otro día.
Y volvimos a estar felices. Esta vez la cortina se rompió mucho. Después de todo ya era bastante vieja, che. Se armó. Hubo sermón. Nos metieron la nariz en la cortina rota (lo que quedaba), la alpargata entró en acción, colgaron una cortina nueva, y  pusieron más cosas encima y debajo de la mesa. La dejaron muy difícil. Y sobre todo, dejaron claro que no podíamos tocar la cortina.
Yo no sé por qué serán tan amargos. Con lo lindo que es descolgar la cortina y tironear entre los dos hasta hacerla hilachas. Pero no, no quieren vernos felices. Es la envidia, porque ellos no saben jugar como nosotros. Adentro de la casa tienen un montón de cortinas, y no las muerden. Se ve que a ellos tampoco los dejan.
No importa. Nosotros los queremos igual, aunque tengan defectos.
Pero cuando nos quedamos solos, miramos las cortinas con cariño.