Saqué a pasear a mi dueño. El necesita caminar, así que yo lo cuido. Lisa se quedó, como era de esperar, llorando indignada.
Yo estaba muy loco, porque hacía como una semana que no salíamos.
A la vuelta ví un cachorrito, muy lindo y amistoso. Nos olfateamos como se debe, salió la dueña a ver qué pasaba. Lo llamó Rocco. Era una flaca. Me cayó bien hasta que me miró y dijo "ese no es un rottweiler, parece más un dobermann". Qué bajón. El daño ya estaba hecho, pero mi dueño me defendió, De paso aprovechó para exponer su teoríalos humanos son así. Todos son así, repetitivos. Cada uno tiene su tema o sus temas. Y cada uno piensa que los demás son cargosos y monotemáticos. Pero para mí son todos iguales, monotemáticos y repetitivos
su teoría de que la mala fama de los rottweiler es inmerecida. Dice que los culpables son los dueños, que los encadenan para que se hagan malos. Es lo que se llama meter el dedo en el enchufe. La dueña de Rocco dijo que a veces lo tiene atado, porque no quiere que se haga mimoso con los extraños. Mi dueño pateó al corner y arrancó con otro de sus temas. Dice que yo soy el perfecto perro guardián (y no como Macu, el antiperro guardián), que hago todo bien, sin que nadie me haya enseñado nada, etc. Pero la flaca no compró, me parece que no compró. Creo que ella lo va a seguir encadenando.
Viendo a Rocco asumí: yo soy un rottweiler cruzado con dobermann, y ya está, nunca voy a ser como él. No es que yo compre el discurso racista. Pero es tan lindo que no hay modo de comparar. Tiene cuatro meses, y ya es como yo a los ocho. Es cabezón, tiene unas patas muy gruesas, y pinta para llegar a más de sesenta kilos.
Un bajón.