Dormí muy mal. Macu y mi dueño también. Todos nerviosos. Todos alterados.
A la mañana vino una chica. Macu empezó a ladrar y se puso contento. Me puse a escuchar y averigüé que era la dueña anterior. Lo subió al auto y se lo llevó.
Me quedé yo solo. Más vale así. Si no, uno de los dos iba a morir. Somos perros, somos machos alfa. Los humanos se hacen problemas con esto. Pero no hay sentimientos, ni emociones, ni culpa. Lo tenemos en los genes, y ya está. Uno manda y los demás siguen. Si dos quieren mandar, solo hay una solución.
Así que ahora tengo toda la casa para mí. Los dos patios y la cochera. No hay problemas, pero me aburro un poco. La reja del frente es grande, y yo miro a los que pasan. Si es gente la ignoro, si son perros les ladro.
Me tratan muy bien, estoy engordando y tengo el pelo brillante de nuevo. He crecido bastante. A veces me dejan entrar y miramos la televisión juntos. De vez en cuando leo un diario, pero a estos tampoco les gusta que lea, así que me tengo que apurar: ni bien lo tiran por la reja, ya estoy yo.
Me vino a visitar la señora rubia, y a buscar el collarcito verde. Se acercó a la reja, y yo al principio no la reconocí. Me agarró desprevenido, porque nadie me había avisado. Pero cuando me habló la reconocí. Tuvo un poco de miedo, y dijo que estoy muy grande y muy lindo. Ella es buena y me quiere. Mi dueño también me quiere, pero me está pareciendo que es muy mandón.