sábado, 29 de mayo de 2010

Viaje de trabajo

Anteayer él se fue a las 7 de la mañana, en el auto, con la mochila y una valijita. Ella se fue a trabajar un rato después. Nos quedamos solos, toda la mañana.
Yo no me había dado cuenta, pero nos hemos acostumbrado a estar con ellos. Nos da curiosidad todo lo que hacen, metemos la nariz y les caminamos entre las piernas. Siempre está la posibilidad de ligar una cascarita de queso o una galleta. Además nos hablan y nos acarician. Eso nos gusta. Lisa se pone panza arriba inmediatamente, pero ella es así, hace lo que le sale, sin un instante de consideración. Yo no me pongo panza arriba tan fácil, pero me gusta mucho que me mimen.
Cuando vuelven con bolsas olfateamos todo. Si traen comida nos damos cuenta inmediatamente. Antes de llegar tocan la bocina del auto, nosotros oímos y los esperamos en la reja. Lisa llora. Yo miro.
Así que estuvimos solos. Cuánto hacía que no me sentía tan solo. Estaba con Lisa, pero estábamos solos. No sé cómo explicarlo.
Lisa ladraba como loca y lloraba alternativamente. Estaba tan alterada que volvió a escarbar en el cantero. Yo la ví y me imaginé que nos iba a costar caro, pero no le dije nada, ¿para qué? No me habría escuchado. Hizo un pozazo y desparramó tierra por todo el patio.
Cuando volvió ella al mediodía nos pusimos locos. Yo, que nunca salto, salté un montón. Qué emoción.
¡Cuando vió la hazaña de Lisa! La retó, le metió el hocico en el pozo y le dio con la chancleta. Pero Lisa cree que es un juego. Apenas terminó con la chancleta, se puso panza arriba y empezó a hacerle fiestas. Claro que ella se enternece y la perdona, claro que Lisa no tiene códigos, pero también es que lo de la chancleta es una farsa, un simulacro. Y Lisa se lo toma como un juego, es lógico.
Estuvimos con ella toda la tarde. Pero él no volvió. Llegó la noche, dormimos, amaneció. Ella se fue a trabajar y nos volvimos a quedar solos.
Esta vez fue más triste. No sabíamos qué pensar. Nadie nos explicó nada. A media mañana teníamos la cabeza llena de ideas contradictorias. Decidimos dejar de barajar posibilidades, para no volvernos locos. Pero una cosa es querer y otra  poder. Lisa volvió a escarbar, y yo a temer las consecuencias.
Esperábamos que llegue ella al mediodia. Seguro que la retaba, pero ya se sabe, en el fondo no pasa nada.
En cambio llegó él. Nos pusimos locos de alegría, lloramos, saltamos, nos peleamos, hicimos fiestas, todo a la vez.
Cuando se me pasó la conmoción, me acordé del pozo abierto, y la tierra desparramada. Me preocupé. Me preocupé mucho.
Por suerte él agarró para el otro lado, con las valijas. No fue al patio. Y justo llegó ella, se pusieron a charlar y se lo llevó para adentro de la casa.
Zafamos.
Ya era el mediodía pasado, y nos dio hambre. Nos pusimos contentos porque nos iban a traer la comida. Traer la comida. La comida siempre la trae él. Y se queda con nosotros hasta que terminamos. En el patio. Me volví a acordar del pozo abierto. Y me preocupé.
Nos trajo la comida. Vio el pozo. No dijo nada.
No sé por qué, pero Lisa se salvó de una buena. Tiene suerte la guacha.
Cuando terminamos de comer dejó en el piso el tupper con la cuchara de bambú que usa para mezclar. Mientras él la cuidaba a Lisa que estaba terminando de lamer los platos, yo me agarré la cuchara y me la llevé a la cucha.
Una cuchara hermosa, de bambú, grande, nuevita, con un mango perfecto para masticar. Así que la empecé a masticar, como corresponde. Pero en lo mejor que estaba, lo veo asomarse a la puerta de la cucha, mete la mano y me saca la cuchara. Apenas si había empezado con el mango. Hay gente jodida. Pero estoy contento porque volvió. Me habían venido recuerdos muy tristes, aunque en el momento no los quise reconocer.
Otra vez avisen, por favor.