Fuimos a caminar los cuatro. Anduvimos por las calles, doblando de vez en cuando, hasta que llegamos a una plaza enorme. Tiene cuatro manzanas. En el medio de la plaza había un señor a caballo. Lisa se le fue al humo y empezó a ladrar. Pero el señor no se movía, así que se aburrió.
Seguimos nuestro paseo. Dimos una vuelta a la plaza. Y otra. Y otra. La cabeza me estallaba. ¿Qué estábamos haciendo? Como de costumbre, nadie se tomó el trabajo de explicarme nada.
Había un montón de gente, muchos con perros. Todos daban vueltas y vueltas a la plaza. Ridículos. Algunos perros estaban perplejos. Otros tenían cara de saber algo, pero no lo decían. Y otros, bueno, ya se sabe que siempre hay irreflexivos que ni se cuestionan qué hacen o por qué.
De las conversaciones que pude escuchar deduje que este lugar se llama el chanchódromo. Y parece que hay un par de chanchódromos más en la ciudad. Yo no vi ningún chancho, así que no entiendo el nombre.
