martes, 11 de mayo de 2010

Pasear en auto

Una historia. Un papelón. Abrió la puerta del auto y me dijo que subiera. Ni loco. Yo no subo. No subo y no subo.

Pero hay gente que no se da por vencida, y te gana por cansancio. Como en este caso. Un poco por la insistencia, otro poco porque me agarró del collar, otro poco porque me levantó de la panza, otro poco porque me habló, en fin, que al final subí.

Y allá partimos. Yo iba atrás. Me abrieron un poquito la ventana, muy poquito. No podía saltar, aunque me habría gustado. Yo miraba todo, me faltaban ojos. Había millones de olores interesantes en el aire. Al rato me pasé adelante, como corresponde. Pero no me dejaron. Estacionaron el auto y me mandaron de nuevo atrás, con cara seria y apuntándome con el dedo. Volví a mirar. Hay perros que miran para atrás, pero yo miro para adelante. Apoyo mi cabeza en su hombro, me pongo cómodo y miro para adelante. Si quiero cambiar de lado me voy al hombro de ella.

Comentaron que en los paseos Macu se babeaba todo, y Félix también. Yo no me babeo, faltaba más.

Fuimos al campo, al aeródromo local. A la ida pasamos por un campito muy lindo, a la izquierda de la ruta, con árboles, flores y pastito, con caminos dentro. A la entrada tiene una casita linda con techo de tejas, y un cartel. Alcancé a leer que decía "Parque". Pero si es un parque ¿por qué no tiene hamacas?

Al fondo de una recta larga, de varios kilómetros, está el aeródromo. Ellos dijeron que era el aeródromo, pero para mí que también es autódromo y velódromo. De vez en cuando nos pasaba una moto o un auto a mil, haciendo mucho ruido con el escape. Y había un pelotón de ciclistas yendo y viniendo. Me dí cuenta de que eran ciclistas por la ropa, esa ropa que solo un ciclista es capaz de ponerse, un borcegazo a la retina. Además iban en bici.

Entramos al aeródromo. Fuimos hasta el fondo. Había un montón de hombres grandes jugando con avioncitos de motor. Tienen un control remoto. El control lo tenía el papá. Los hijos miraban cómo su papá jugaba. Qué raro que los chicos no tengan ganas de jugar. Lindos los avioncitos. Cuando yo sea grande quiero tener uno.

Cuando nos cansamos de mirar los avioncitos volvimos a la recta-Parque-velódromo-autódromo. Estacionamos el auto en el pasto, y nos bajamos. Me ató en el alambrado, con una correa muy larga. Pero sigue siendo una correa, y no es lo mismo que estar suelto.

Tomamos mate, escuchamos música y vimos aterrizar un par de avionetas. Ellos comieron pepas (esas con dulce de membrillo) y a mí no me dieron. No importa, yo comí pasto y tampoco les dí.

Al final me gustó el paseo. Y el auto, bueno, ya me hice amigo del auto.

Para sellar mi amistad, a la noche en la cochera le oriné una rueda.