lunes, 31 de mayo de 2010

El camión de la basura

De todas las cosas fascinantes que ocurren a la noche, el camión de la basura es lo máximo.
Tiene todo para ser un ganador. Tiene muchos olores, y con viento a favor lo olemos desde muy lejos. Es grande y ruidoso, así que lo podemos oír desde un rato antes de que llegue. Tiene luces de colores que dan vueltas. En fin, es irresistible. Por supuesto, todos los perros de la cuadra ladramos como dementes. Los que están sueltos en la calle (y no son pocos) le salen al encuentro una cuadra antes, corren por detrás y a la vuelta, y después lo siguen otra cuadra,  aullando histéricamente todo el tiempo. ¡Qué envidia!
El pibe que corre y revolea las bolsas es otro motivo de atracción.  Nadie lo toca, y él ni los mira a los histéricos. Pero esto no es con todos. Quiero decir, le ladran, le muestran los dientes y le corretean a todo lo que pasa, con un orden de prioridades:
  • otros perros,
  • gente a caballo (sí, a veces pasa gente a caballo, porque mi calle es de tierra),
  • bicicletas,
  • motos,
  • autos,
  • camiones,
  • ómnibus,
  • peatones.
A los aviones no les ladran, pero mejor  no les demos ideas.
Como iba diciendo, al pibe que corre lo respetan. Sospecho que les debe haber dado un par de razones suficientemente contundentes como para dejar la cuestión zanjada de una vez por todas. La cuestión es que ni se arriman.
Cuando se va, quedan en el aire mil olores. Los humanos no entienden, no pueden entender lo que es tener un olfato como el nuestro. Para nosotros es como si el camión tuviera pegado en el costado un cartel con el menú de todas las cosas ricas que hay adentro. Pero no nos dejan. Qué mala onda. Ni siquiera nos dejan investigar la bolsa de la basura. ¿Qué daño le puede hacer a nadie que investiguemos un poco? Pero no nos dejan.

sábado, 29 de mayo de 2010

Viaje de trabajo

Anteayer él se fue a las 7 de la mañana, en el auto, con la mochila y una valijita. Ella se fue a trabajar un rato después. Nos quedamos solos, toda la mañana.
Yo no me había dado cuenta, pero nos hemos acostumbrado a estar con ellos. Nos da curiosidad todo lo que hacen, metemos la nariz y les caminamos entre las piernas. Siempre está la posibilidad de ligar una cascarita de queso o una galleta. Además nos hablan y nos acarician. Eso nos gusta. Lisa se pone panza arriba inmediatamente, pero ella es así, hace lo que le sale, sin un instante de consideración. Yo no me pongo panza arriba tan fácil, pero me gusta mucho que me mimen.
Cuando vuelven con bolsas olfateamos todo. Si traen comida nos damos cuenta inmediatamente. Antes de llegar tocan la bocina del auto, nosotros oímos y los esperamos en la reja. Lisa llora. Yo miro.
Así que estuvimos solos. Cuánto hacía que no me sentía tan solo. Estaba con Lisa, pero estábamos solos. No sé cómo explicarlo.
Lisa ladraba como loca y lloraba alternativamente. Estaba tan alterada que volvió a escarbar en el cantero. Yo la ví y me imaginé que nos iba a costar caro, pero no le dije nada, ¿para qué? No me habría escuchado. Hizo un pozazo y desparramó tierra por todo el patio.
Cuando volvió ella al mediodía nos pusimos locos. Yo, que nunca salto, salté un montón. Qué emoción.
¡Cuando vió la hazaña de Lisa! La retó, le metió el hocico en el pozo y le dio con la chancleta. Pero Lisa cree que es un juego. Apenas terminó con la chancleta, se puso panza arriba y empezó a hacerle fiestas. Claro que ella se enternece y la perdona, claro que Lisa no tiene códigos, pero también es que lo de la chancleta es una farsa, un simulacro. Y Lisa se lo toma como un juego, es lógico.
Estuvimos con ella toda la tarde. Pero él no volvió. Llegó la noche, dormimos, amaneció. Ella se fue a trabajar y nos volvimos a quedar solos.
Esta vez fue más triste. No sabíamos qué pensar. Nadie nos explicó nada. A media mañana teníamos la cabeza llena de ideas contradictorias. Decidimos dejar de barajar posibilidades, para no volvernos locos. Pero una cosa es querer y otra  poder. Lisa volvió a escarbar, y yo a temer las consecuencias.
Esperábamos que llegue ella al mediodia. Seguro que la retaba, pero ya se sabe, en el fondo no pasa nada.
En cambio llegó él. Nos pusimos locos de alegría, lloramos, saltamos, nos peleamos, hicimos fiestas, todo a la vez.
Cuando se me pasó la conmoción, me acordé del pozo abierto, y la tierra desparramada. Me preocupé. Me preocupé mucho.
Por suerte él agarró para el otro lado, con las valijas. No fue al patio. Y justo llegó ella, se pusieron a charlar y se lo llevó para adentro de la casa.
Zafamos.
Ya era el mediodía pasado, y nos dio hambre. Nos pusimos contentos porque nos iban a traer la comida. Traer la comida. La comida siempre la trae él. Y se queda con nosotros hasta que terminamos. En el patio. Me volví a acordar del pozo abierto. Y me preocupé.
Nos trajo la comida. Vio el pozo. No dijo nada.
No sé por qué, pero Lisa se salvó de una buena. Tiene suerte la guacha.
Cuando terminamos de comer dejó en el piso el tupper con la cuchara de bambú que usa para mezclar. Mientras él la cuidaba a Lisa que estaba terminando de lamer los platos, yo me agarré la cuchara y me la llevé a la cucha.
Una cuchara hermosa, de bambú, grande, nuevita, con un mango perfecto para masticar. Así que la empecé a masticar, como corresponde. Pero en lo mejor que estaba, lo veo asomarse a la puerta de la cucha, mete la mano y me saca la cuchara. Apenas si había empezado con el mango. Hay gente jodida. Pero estoy contento porque volvió. Me habían venido recuerdos muy tristes, aunque en el momento no los quise reconocer.
Otra vez avisen, por favor.

viernes, 28 de mayo de 2010

Cachorrito de rottweiler

Un bajón. De aquellos.

Saqué a pasear a mi dueño. El necesita caminar, así que yo lo cuido. Lisa se quedó, como era de esperar, llorando indignada.

Yo estaba muy loco, porque hacía como una semana que no salíamos.

A la vuelta ví un cachorrito, muy lindo y amistoso. Nos olfateamos como se debe, salió la dueña a ver qué pasaba. Lo llamó Rocco. Era una flaca. Me cayó bien hasta que me miró y dijo "ese no es un rottweiler, parece más un dobermann". Qué bajón. El daño ya estaba hecho, pero mi dueño me defendió, De paso aprovechó para exponer su teoría

los humanos son así. Todos son así, repetitivos. Cada uno tiene su tema o sus temas. Y cada uno piensa que los demás son cargosos y monotemáticos. Pero para mí son todos iguales, monotemáticos y repetitivos

su teoría de que la mala fama de los rottweiler es inmerecida. Dice que los culpables son los dueños, que los encadenan para que se hagan malos. Es lo que se llama meter el dedo en el enchufe. La dueña de Rocco dijo que a veces lo tiene atado, porque no quiere que se haga mimoso con los extraños. Mi dueño pateó al corner y arrancó con otro de sus temas. Dice que yo soy el perfecto perro guardián (y no como Macu, el antiperro guardián), que hago todo bien, sin que nadie me haya enseñado nada, etc. Pero la flaca no compró, me parece que no compró. Creo que ella lo va a seguir encadenando.

Viendo a Rocco asumí: yo soy un rottweiler cruzado con dobermann, y ya está, nunca voy a ser como él. No es que yo compre el discurso racista. Pero es tan lindo que no hay modo de comparar. Tiene cuatro meses, y ya es como yo a los ocho. Es cabezón, tiene unas patas muy gruesas, y pinta para llegar a más de sesenta kilos.

Un bajón.

martes, 25 de mayo de 2010

Las cortinas

Felices. Estábamos felices de nuestra hazaña. Pero cuando llegaron nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Nos miraron feo, volvieron a poner la cortina en la ventana de la cochera, nos apuntaron con el dedo, y todo quedó ahí.
A la mañana siguiente, estábamos felices de nuevo. La satisfacción que se siente al descolgar una cortina no la puedo describir. Cuando aparecieron, pusieron cara más fea, y nos apuntaron con el dedo. Volvieron a colgar la cortina, y esta vez pusieron una mesa delante de la ventana. A Lisa le pareció muy buena la idea de la mesa: saltó encima y descolgamos de nuevo la cortina. Que ya estaba un poco rota, pero bueno, es parte del juego.
A la mañana siguiente nos miraron muy feo, y nos amenazaron con una alpargata. Pusieron un cartón prensado entre la mesa y la cortina.
Pasó un día.
Pasó otro día.
Y volvimos a estar felices. Esta vez la cortina se rompió mucho. Después de todo ya era bastante vieja, che. Se armó. Hubo sermón. Nos metieron la nariz en la cortina rota (lo que quedaba), la alpargata entró en acción, colgaron una cortina nueva, y  pusieron más cosas encima y debajo de la mesa. La dejaron muy difícil. Y sobre todo, dejaron claro que no podíamos tocar la cortina.
Yo no sé por qué serán tan amargos. Con lo lindo que es descolgar la cortina y tironear entre los dos hasta hacerla hilachas. Pero no, no quieren vernos felices. Es la envidia, porque ellos no saben jugar como nosotros. Adentro de la casa tienen un montón de cortinas, y no las muerden. Se ve que a ellos tampoco los dejan.
No importa. Nosotros los queremos igual, aunque tengan defectos.
Pero cuando nos quedamos solos, miramos las cortinas con cariño.

viernes, 21 de mayo de 2010

No tiene códigos

No tiene códigos. Ni vergüenza. Yo soy un tarado: hago lo que tengo que hacer, no hago lo que no tengo que hacer, si me retan me doy cuenta en el acto, me pongo triste y me voy a la cucha.

Ella no. Ella no tiene códigos. Si la retan cree que es un juego. Se ríe. Y como es tan simpática, hace lo que se le da la gana, y se hace perdonar todo, moviendo la cola.

Cuando nos dan la comida, yo me como todo, no elijo, no dejo nada. Ella no. La señorita come lo que le gusta, y deja lo que no le gusta. El alimento balanceado del súper no le gusta. Saca todas las pelotitas, una por una, se come las que le gustan, y deja las demás. ¿Por qué tiene que ser así de complicada?

Ayer estábamos los cuatro en el patio. Ya nos habían dado la comida, y estábamos nosotros panza arriba tomando sol. Él se fue un instante a la cochera, ella se fue un instante al lavadero, y Lisa se zampó al dormitorio. Una luz. Cuando me dí cuenta, la quise seguir, pero me vieron y me atajaron; bastó un chistido. Me salía de la vaina porque la injusticia me subleva, pero no dije nada y me quedé sentado. La bronca que tenía.

Al rato, él entró a la casa, y allá la descubrió, en la cocina. Moviendo la cola como una princesa, la guacha falsa. El miró por todas partes, no había nada roto, todo parecía en orden, ella tenía su mejor sonrisa. Bueno, la sacó, no pasó nada. Listo.

Pero Lisa es chusma, no se aguantó y me contó. En el segundo que estuvo sola en la cocina se tragó una pata de pollo asado, que habían reservado para la noche. Se la tragó entera. Con razón estaba contenta cuando él la vio. Tenía motivos. Cuando buscaron la pata y no la encontraron nos preguntaron a nosotros. Yo no dije nada, faltaba más. Pero ella, ella se quedó muda. ¡Qué guacha! Ellos pensaron un rato, y se dieron cuenta de quién había sido. Yo esperaba que la reten y la manden a la cucha en penitencia. Pero no le dijeron nada. Es tan simpática...

A la noche fue la historia. Yo sabía lo que iba a pasar. Anduvo haciendo arcadas un rato y al final vomitó. No sería ético decir que me alegro, pero ganas no me faltan.

No tiene códigos.

jueves, 20 de mayo de 2010

Dobermann, gato y galgo

Mis dueños dicen que Lisa es cruza de dobermann y galgo. Doberman por los colores, galgo por la forma del hocico. Pero yo creo que en realidad tiene algo de gato.

Es increíblemente ágil y flexible. En la foto está tomando sol. No se está estirando, está dormida en una posición inverosímil.

Se trepa de un brinco a la mesada de la cochera. Pusieron cartones y la escalerita chica encima, porque ella se quedaba sentada ahí.


En el asador del patio pusieron una reja para que no se pase desde el cantero. Pero eso es pura ignorancia. Ella no se pasa desde el cantero, brinca desde el piso. Ni siquiera toma envión. Y cuando está encima del asador se trepa a las macetas. Saca la cabeza por encima de la reja que está encima de la tapia, y ladra para afuera. No se puede creer.

Se trepa de un salto al asador que está dentro de la cochera. Después de los asados el olor de la parrilla fría es irresistible. Se llena las patas de hollín y después deja las pruebas del delito por todas partes.


Brinca al capó del auto, y de ahí al techo. Y te mira muerta de risa, como si le hiciera gracia. Cuando baja se patina en el parabrisas y dobla las escobillas. Por eso se dieron cuenta. Después vieron las marcas de las patas en el capó, y el limpiaparabrisas doblado, y se armó.

Pero no le pidan dominio de pelota. Ágil o no, es una ojota integral.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Leer el diario

Mi dueño estaba cuidando una bondiola de cerdo en el asador de la cochera, con la radio del auto prendida. Le estaban haciendo una entrevista al autor de un libro que se llama algo así como "La ciencia de mayo". Contaba que cuando Moreno fundó la biblioteca la gente le donó, entre otros, una cantidad de libros científicos. Y concluía que la gente leía mucho, y cosas de fondo. Porque leer es uno de los placeres de la vida. Hablo por mí. Yo sé que muchos humanos se quejan de que los chicos de ahora no leen, de que solo miran la tele, o juegan en la compu. Ellos se lo pierden.

En cuanto a mí, yo no dejo pasar oportunidad. Pero esta mañana tuve un disgusto. Se acercó a la reja una de mis proveedoras de material de lectura, la chica que reparte los folletos de una cadena de supermercados. Venía, como siempre, a entregarme el folleto. Ella lo tira a través de la reja. Pero mi dueño se anticipó, y se lo agarró para él. Ya sé lo que va a pasar, ahora no lo voy a poder leer. Pero lo peor es que le dijo a la chica que deje el folleto por la otra entrada, que tiene buzón, para que yo no lo agarre. Qué impudicia. Cosas así te hacen perder la confianza en los humanos.

Volviendo al placer de la lectura, es algo que recomiendo para todas las edades. Relaja la mente y el cuerpo, libera tensiones, provee un sano ejercicio. En fin, todo a favor y nada en contra. Para no mencionar que leer el diario es parte de la obligación de estar informado.

martes, 18 de mayo de 2010

Cucha

Frenó una chata, se bajaron él y otro tipo, y empezaron a ir y venir tomando medidas y barajando posibilidades.
 Después de un rato, abrieron la puerta de hierro del patio trasero, metieron una cosa enorme
y la dejaron bajo el techo plegadizo de aluminio. Cerraron la puerta, salieron de nuevo al frente de la casa y siguieron discutiendo. Al rato, agarraron otra cosa igual a la anterior y la pasaron por encima de la reja. Parece que por la puerta no entraba. Mi dueño renegaba "mirá que yo le dije al pelotudo que no tuvieran más de setenta y dos centímetros de ancho, pero el pelotudo le erró mal"

por lo visto, el señor que hizo las cuchas se llama "Pelotudo", un nombre raro pero qué me voy a quejar yo si ella me puso Atilio ¡Atitlio ¿se dan cuenta?!

eso, son cuchas. Sí señor, dos cuchas hermosas, de madera de pino.

Al principio no sabía qué hacer, pero él me hizo entrar, olí todo, y me gustó. Al rato ya estaba como si fuera mi casa de toda la vida. O sea que de día tenemos dos casas. Lisa y yo entramos bien en cualquiera de las dos, pero nos hacen dormir uno en cada patio, diz que por la seguridad, ¿vió?

La cucha es muy importante. Cuando tengo algo que es mío, me lo llevo a la cucha para que nadie lo toque.

En la foto estoy yo dentro de la cucha. Me gusta que la puerta no esté al medio, porque así yo elijo: si quiero mirar para afuera, me pongo frente a la puerta, si quiero dormir me escondo detrás de la pared. ¡Qué inteligente es mi dueño! Un bocho.

lunes, 17 de mayo de 2010

La pelota

Hay momentos en la vida que son como una iluminación. Algo, quizá un detalle irrelevante, desencadena fuerzas poderosas que estaban ocultas. Y eso, de pronto, te da una visión distinta de quién sos realmente. Apareció con una cosa amarilla y afelpada. Pensé que era un pollito: un bombón. Lo olí con ilusión, solo para quedar inmediatamente desilusionado: no era comestible. Me mostró lo que tenía en la mano, y yo puse cara de interés y concentración, porque supuse que era lo que se esperaba de mí. Entonces la tiró contra la pared, y empezó a rebotar. Ah. Mis ojos se abrieron y mi mente formuló el concepto de pelota. Inmediatamente después se cristalizó el concepto de deporte. Y ví. Me ví. Y comprendí. Me fue revelado un rasgo capital de mi ser: soy un deportista nato, yo soy para la pelota, la pelota es para mí.

La pelota es un artefacto maravilloso. No exagero si digo que es casi tan atractiva como un hueso real de vaca. Necesité un poco de investigación (ya saben, el tema de prueba y error) para entender la dinámica de la pelota. Me costó varios golpes, porque en mi entusiasmo inicial me dí varias veces con las paredes, y una de las veces que salté más alto, me di cuenta de que la pelota me pasaba, giré en el aire para agarrarla, y caí de espaldas mal. Pero muy mal. Un blooper, menos mal que no estaban filmando.

La pelota tiene dos modos de funcionamiento. El modo autónomo tiene la ventaja de que yo la agarro cuando quiero, me la llevo a la cucha y la muerdo. La desventaja es que es muy aburrido. El modo más interesante es con motorización asistida. El problema es que tengo que convencer al motor. Entonces busco la pelota, la llevo y se la pongo delante. El motor ya saben quién es. Y no siempre me da pelota. Ja, un chistonto, no sé si lo pescaron.

Lisa intentó participar. Los dos le tiramos varias sogas. Pero ella no entiende nada. Parece creer que la pelota es un objeto decorativo, una especie de accesorio. Y las pocas veces que trató de agarrarla no hizo buen papel. Iba a decir que es de madera, pero en realidad es muy elástica. Me parece que "ojota" es la palabra precisa. Ojota, eso es. Cuando tiene la pelota en la boca, es evidente que no sabe qué hacer. ¡no sabe qué hacer, ¿se dan cuenta?! La deja en el piso y se nos queda mirando con expresión vacante. Simplemente no entiende qué le vemos de interesante a la pelota.

viernes, 14 de mayo de 2010

Ya somos amigos

Anoche llegó Lisa. Dormimos en patios separados. Esta mañana mi dueño la acercó a la reja de mi patio, pero por el lado de afuera. Reja de por medio. Al principio Lisa no quería saber nada. De a poco la fue trayendo para que me olfatee. Al rato la convenció de dejar que yo la olfateara. Siempre reja de por medio. Bastante rato después la trajo a mi patio, pero antes me ató a la reja. A ella la traía de la correa. Estuvimos un rato cerca, y teníamos mucha curiosidad. Al final, la dejó acercarse a mí. A todo esto, yo siempre atado.

Qué innecesario. Yo soy un caballero. Jamás atacaría a una perra.

Al final, a Lisa se le pasó el susto, nos olfateamos a gusto, y nos soltó para que jugáramos.

Es divertido jugar con Lisa. Jugamos a correr, y hacemos como que nos mordemos, pero es un juego. Ella es bastante llorona. Dice que yo soy muy bruto. Puede ser, pero ella también es una llorona. A cada rato llora como si la estuvieran degollando, y es nada más que un mordisco. Ni siquiera, porque yo no la muerdo, solo amago.

Nos hacemos compañía. Nos llevamos bastante bien, como si nos conociéramos de toda la vida. El tema de los territorios está sin resolver, porque no se presentó. No me voy a adelantar a los hechos. Veremos qué pasa.

Pero ya somos amigos.

jueves, 13 de mayo de 2010

Lisa

Se fueron a comer un asado a Chovet y me dejaron solo. No hay drama, yo no tengo miedo. Pero me trajo recuerdos tristes. Por lo menos estaba en mi territorio, en mi casa, con agua y comida.

Volvieron como a la medianoche. Me puse loco de alegría. Me saludaron, me acariciaron, y todo eso.

Tenían olor a perro, como siempre que vienen de Chovet, porque el cuñado tiene seis boxers y dos perros más.

Pero pasaba algo. Se demoraban. Al final abrieron la puerta del auto, y apareció una perra. La acercaron a la reja, y entró en pánico. Yo la quería olfatear, pero ella lloraba como si la estuvieran carneando, y no quería saber nada. ¿Quién entiende a las perras? No la pudieron tranquilizar, así que me encerraron en el patio de adelante, y ella fue a parar al patio de atrás, cerca de ellos.

Escuché cómo se lamentaba, y ellos le hablaban. Enseguida se calmó, y ya no hubo más ruidos. Me llama la atención. No sé qué le habrán dicho. Tal vez la sobornaron. ¿Le habrán dado un hueso, y a mí nada? Eso me preocupa. ¿Cómo será el reparto de territorios ahora? ¿Tendremos otra escena como la de Macu? Pensando en esto y barajando posibilidades, no pude dormir.

Se llama Lisa. Es bastante parecida a mí, negro y fuego, pero no igual. Tiene como una corbata blanca. Pesa más o menos la mitad que yo. Es delgadita y tiene un hocico muy lindo. Lástima que sea tan llorona.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Curabichera

Anteayer buscó en la alacena de la cochera y sacó un frasquito. De vidrio. Chiquito. Lo olí para ver si era comestible, pero no me gustó. Estornudé.

Después me agarró, me llevó al sol y me empezó a hablar con voz tranquila. Yo pensé que me estaba mimando y me puse contento. Pero buscó una peladura que tenía en un codillo, y me roció con el frasquito.

Me asusté. Empecé a retorcerme y me quise escapar, pero no me dejó. Lloré. Un papelón. No me dolía ni nada, pero me agarró de sorpresa. No hay derecho. Era algo desconocido y me asusté. Por eso lloré, pero no es que no tenga aguante, por favor. Además lloré poquito.

Después siguió con todas las peladuras que tenía, que eran unas cuantas. Me roció en cada una. La verdad es que en el momento me pica un poco, y si lo huelo me hace estornudar. Pero no es nada grave.

Hoy es el tercer día que me pone, y ya no me da miedo. Lo dejo hacer sin dramas. Se me están empezando a curar las peladuras, y ya no me pican más, así que dejé de rascarme. Y aprendí a no olerlo, así que tampoco estornudo.

Pero me ha quedado una desconfianza hacia los frasquitos chiquitos de vidrio con rociador.

martes, 11 de mayo de 2010

Pasear en auto

Una historia. Un papelón. Abrió la puerta del auto y me dijo que subiera. Ni loco. Yo no subo. No subo y no subo.

Pero hay gente que no se da por vencida, y te gana por cansancio. Como en este caso. Un poco por la insistencia, otro poco porque me agarró del collar, otro poco porque me levantó de la panza, otro poco porque me habló, en fin, que al final subí.

Y allá partimos. Yo iba atrás. Me abrieron un poquito la ventana, muy poquito. No podía saltar, aunque me habría gustado. Yo miraba todo, me faltaban ojos. Había millones de olores interesantes en el aire. Al rato me pasé adelante, como corresponde. Pero no me dejaron. Estacionaron el auto y me mandaron de nuevo atrás, con cara seria y apuntándome con el dedo. Volví a mirar. Hay perros que miran para atrás, pero yo miro para adelante. Apoyo mi cabeza en su hombro, me pongo cómodo y miro para adelante. Si quiero cambiar de lado me voy al hombro de ella.

Comentaron que en los paseos Macu se babeaba todo, y Félix también. Yo no me babeo, faltaba más.

Fuimos al campo, al aeródromo local. A la ida pasamos por un campito muy lindo, a la izquierda de la ruta, con árboles, flores y pastito, con caminos dentro. A la entrada tiene una casita linda con techo de tejas, y un cartel. Alcancé a leer que decía "Parque". Pero si es un parque ¿por qué no tiene hamacas?

Al fondo de una recta larga, de varios kilómetros, está el aeródromo. Ellos dijeron que era el aeródromo, pero para mí que también es autódromo y velódromo. De vez en cuando nos pasaba una moto o un auto a mil, haciendo mucho ruido con el escape. Y había un pelotón de ciclistas yendo y viniendo. Me dí cuenta de que eran ciclistas por la ropa, esa ropa que solo un ciclista es capaz de ponerse, un borcegazo a la retina. Además iban en bici.

Entramos al aeródromo. Fuimos hasta el fondo. Había un montón de hombres grandes jugando con avioncitos de motor. Tienen un control remoto. El control lo tenía el papá. Los hijos miraban cómo su papá jugaba. Qué raro que los chicos no tengan ganas de jugar. Lindos los avioncitos. Cuando yo sea grande quiero tener uno.

Cuando nos cansamos de mirar los avioncitos volvimos a la recta-Parque-velódromo-autódromo. Estacionamos el auto en el pasto, y nos bajamos. Me ató en el alambrado, con una correa muy larga. Pero sigue siendo una correa, y no es lo mismo que estar suelto.

Tomamos mate, escuchamos música y vimos aterrizar un par de avionetas. Ellos comieron pepas (esas con dulce de membrillo) y a mí no me dieron. No importa, yo comí pasto y tampoco les dí.

Al final me gustó el paseo. Y el auto, bueno, ya me hice amigo del auto.

Para sellar mi amistad, a la noche en la cochera le oriné una rueda.

lunes, 10 de mayo de 2010

Shampoo

Volvimos de caminar, estaba sediento. Realmente, el calor de la tarde de verano me jugaba en contra. Estaba muy cansado. Pero cuando los humanos conversan haciéndose los distraídos hay que estar atento. Como en este caso. Ellos creen que no me doy cuenta, pero yo percibo todo. Es decir, me doy cuenta de que hablan de mí por su lenguaje corporal. Y estaban hablando de mí. Barajando opciones de lugares ¿lugares para qué? Después apareció en un shortcito gris hecho bolsa que tiene como mil años, pero él lo ama. Se fue a la cochera, y trajo una botella que decía "Shampoo para perros". Después trajo un balde y un cepillo. Finalmente, prendió la bomba de agua y se me acercó con la manguera. Salía un chorro como una catarata.

Fue demasiado. Me puse rígido y empecé a temblar. No me podía controlar, aunque quería. Un papelón, que lo parió.

Cuando me mojó, me escapé. No llegué lejos.

Me ató con la correa a la reja chica del patio, y quedé indefenso. Dios mío.

Me empezó a hablar, y a enjabonar. Si se dio cuenta de que yo estaba nervioso, no se notó. Le dio para adelante sin pedir permiso. Y bueno, yo soy de la idea de que si no puedes vercerlos, únete a ellos, así que lo dejé hacer.

Después me enjuagó.

Me sacudí para secarme. Salí corriendo, todo mojado sobre el piso mojado. Patiné y me dí un bruto porrazo, pero no me importó.

Estaba fresco y limpio, y me puse contento.

sábado, 8 de mayo de 2010

Reglas

Dije ayer que me parecía muy mandón. Bueno, me afirmo en la idea. Yo estaba acostumbrado a la libertad: la única regla eran mis ganas. Podía hacer algo si estaba en condiciones de defender mis ganas con mis dientes. Pero este tipo no opina lo mismo. Por lo visto, tiene la curiosa teoría de que él me puede poner límites. ¡A mí! Es verdad que me trata bien, me dio afecto, un techo, comida y agua: un hogar. Eso le juega a favor, tengo que reconocer. Pero me pone reglas, y si las rompo me reta. No se enoja, pero ya he comprobado que no se da por vencido nunca, y al final me gana por cansancio. Yo soy perro, no tengo reloj ni agenda, y no le puedo decir a mi secretaria que me pase el asunto para mañana. Gano o pierdo en el momento. Y siempre me gana.

Por ejemplo, no me deja que le salte y le ponga las patas en la ropa. Quién entiende a los humanos. O sea que él me puede tocar todo lo que quiera, pero yo no puedo. Mal, muy mal. Tampoco me deja abalanzarme sobre la comida. Me hace sentar y espera a que me quede quieto. Recién entonces me deja comer. ¿Qué gana con eso? No me deja rascar las puertas, ¿dónde se ha visto? No me deja rascar las puertas, qué mal. No me deja salir fuera de la reja, si no es con correa. ¿Quién se cree que es, quién se cree que soy?

Extraño la libertad que tenía en la calle. La calle misma no, la verdad es que no la extraño. Pero sí mi libertad.

No sé por qué digo todo esto. Casi me parece que es una cuestión filosófica. Alguien tiene que mandar, y él parece dispuesto a no bajarse de la candidatura. Si él fuera perro, yo se lo podría pelear, pero es humano, y no me  nace morderlo (además, ya averigüé que tiene mucha fuerza y la mano pesada). Trae la comida y el agua. Me da un techo.

Así que acepto las reglas. No es que me guste, pero no me deja opción. Por lo menos estoy tranquilo, sé a qué atenerme.

Por ejemplo, me deja ladrar un poco a los perros que pasan. Pero si me obsesiono me hace callar. Y si no me callo sale y me obliga. Es que a veces me pongo loco y no atiendo razones. En realidad, cuando ladro sin límites me voy apasionando sin darme cuenta. No sé por qué pasa eso. Tal vez si estuviera suelto, en vez de ladrar iríamos a los dientes, gastaríamos la adrenalina, y nos quedaríamos tranquilos de nuevo. Sangrando, tal vez, pero tranquilos. En cambio, estoy detrás de la reja, y los otros perros pasan, y yo les ladro. Y como estaba diciendo, cuando ladro sin límites me pongo loco, y cuando al final los perros de la calle se van yo me quedo, y me quedo loco. Después me trepo por las paredes, corro sin ton ni son, no puedo parar. Y es que realmente me quedo alterado. Así que en realidad no me conviene ladrar hasta la sobredosis, por mucho que me guste.

Tal vez no sea tan malo tener algunas reglas, después de todo.

viernes, 7 de mayo de 2010

Solo

Dormí muy mal. Macu y mi dueño también. Todos nerviosos. Todos alterados.

A la mañana vino una chica. Macu empezó a ladrar y se puso contento. Me puse a escuchar y averigüé que era la dueña anterior. Lo subió al auto y se lo llevó.

Me quedé yo solo. Más vale así. Si no, uno de los dos iba a morir. Somos perros, somos machos alfa. Los humanos se hacen problemas con esto. Pero no hay sentimientos, ni emociones, ni culpa. Lo tenemos en los genes, y ya está. Uno manda y los demás siguen. Si dos quieren mandar, solo hay una solución.

Así que ahora tengo toda la casa para mí. Los dos patios y la cochera. No hay problemas, pero me aburro un poco. La reja del frente es grande, y yo miro a los que pasan. Si es gente la ignoro, si son perros les ladro.

Me tratan muy bien, estoy engordando y tengo el pelo brillante de nuevo. He crecido bastante. A veces me dejan entrar y miramos la televisión juntos. De vez en cuando leo un diario, pero a estos tampoco les gusta que lea, así que me tengo que apurar: ni bien lo tiran por la reja, ya estoy yo.

Me vino a visitar la señora rubia, y a buscar el collarcito verde. Se acercó a la reja, y yo al principio no la reconocí. Me agarró desprevenido, porque nadie me había avisado. Pero cuando me habló la reconocí. Tuvo un poco de miedo, y dijo que estoy muy grande y muy lindo. Ella es buena y me quiere. Mi dueño también me quiere, pero me está pareciendo que es muy mandón.

miércoles, 5 de mayo de 2010

El cuñado

Estuvieron hablando de que el fin de semana vendría el cuñado. O sea el hermano de ella, que vive en Chovet. El quería que el cuñado lo ayude a arreglar la cuestión con Macu. No sé qué cuestión es la que quieren arreglar, ni por qué tendrían que arreglarla ellos, pero los humanos no entienden nada de nada.

Vino. Nos ataron a Macu y a mí con las correas, cerca pero sin podernos morder. Nos pusimos locos. Los dos ladrábamos y tirábamos de la correa, las mujeres chillaban como locas, y ellos nos daban con una ojota y gritaban no, no, quieto, quieto. Un circo, una batahola. Un verdadero desperdicio de adrenalina. Quedamos todos alterados.

Pero no todo fueron males. Cuando se asentó la polvareda se pusieron a hacer un asado. Mientras, hablaban sobre lo que había pasado. Dijeron que no había servido para nada. Unos bochos. Me podrían haber preguntado a mí, y nos habríamos ahorrado todos el stress. Ligué varias grasitas. Me quemé el hocico por ansioso, pero ya aprendí. Después empezaron a llegar las costillas. Me fascinan las costillas: primero las pelo, después las mastico, y al final me las trago.

Son las tres de la mañana y no me puedo dormir. Mi dueño tampoco: se levantó como diez veces, me doy cuenta porque prende la luz. Todavía no entiendo. Lo único que yo quería era pelear con Macu y aclarar quién es el macho alfa (o sea, yo). ¿Es mucho pedir que nos dejen arreglar nuestras cuestiones entre nosotros?

El instinto me dice que algo va a pasar. Lo huelo en el aire. Aparentemente está todo tranquilo, pero hay electricidad en el ambiente. Estoy nervioso. ¿Me quedaré de nuevo sin familia? ¿Me van a devolver al refugio? ¿Se habrán enojado conmigo? Yo no me pude contener, fue todo tan de improviso que casi no me di cuenta de nada.

No tengo sueño. Me acuerdo de la señora rubia. Ella me va a salvar. Me gustaría hablarlo a Dios, pero sigo sin saber cómo lo hacen ellos. En momentos así envidio a los humanos.

martes, 4 de mayo de 2010

Una pelea

Como ya dije, Macu y yo estamos en patios diferentes, nos olemos, pero no nos vemos. Bueno, no nos veíamos. Ayer, en un descuido de mi nuevo dueño, quedaron abiertas las puertas de la cochera. Y pasó lo que tenía que pasar. Macu y yo nos trenzamos. No hay dos machos alfa a la vez en el mismo territorio. Y nos agarramos. Como corresponde. Sin vueltas, sin ladridos, sin hojarasca: nos vimos y fuimos derecho a matar o morir.

Pero a mi nuevo dueño no le gustó, y se ocupó de dejarlo claro. Nos agarró del collar y nos levantó a los dos. Nos levantó como muñecos. Yo lo único que veía era el cuello de Macu, y estaba eligiendo el lugar para morderlo. Estábamos sacados. Pero el tipo tiene mucha fuerza, y por poco nos arranca la cabeza. Al rato vino ella, y nos separaron.

El me revisó. Me salía sangre. No me había dado cuenta. Yo peso menos de 30 kilos, y Macu más de 50 (es cruza de pastor alemán con sabueso) pero si no me lo quitan lo mato. Aunque a él no le salía sangre. Bueno, esta vez tuvo suerte. Pero si lo agarro de nuevo me lo como.

Después la gente le decía que no se meta en una pelea de perros, que lo podíamos morder. No sé a Macu, pero a mí ni se me pasó por la cabeza. La cosa era con Macu. Nunca he mordido a mis dueños, no me explico que algún perro ataque a su dueño, tiene que estar muy loco. Es una cuestión de principios. Además, después de lo de ayer, ya sé que tiene la mano pesada, así que mejor no hacerse el loco.

sábado, 1 de mayo de 2010

Un día para el olvido

Hoy estuve todo el día echado,  durmiendo o descansando. Dicen mis nuevos dueños que debe ser por las vacunas que me pusieron ayer. Parece que también me desparasitaron, como si fuera poco con las vacunas.

Mi nuevo dueño dice que deberían desparasitar el país, pero no explicó cómo se hace eso.

Según él, Macu es "el anti perro guardián", porque cuando vienen extraños o pasan por delante de la casa, él les hace fiestas a todos. Y cuando ladra, en realidad ladra para adentro de la casa, porque lo único que quiere es que mi dueño lo vaya a acariciar. A veces ladra toda la noche. Es imbancable. Y ladra porque sí. Ladra porque quiere estar dentro de la casa.

También dice que yo tengo el manual del perro guardián en los genes. Yo hago lo que me sale, no es que haya estudiado. No ladro casi nunca. Solo cuando un extraño se acerca a la reja. Cuando viene mi dueño dejo de ladrar, pero me quedo mirando fijo, no es cuestión. Cuando veo que está todo bien, me acerco para oler al extraño, así lo conozco y otra vez ya sé qué hacer.

Macu sigue ladrando. Me está taladrando, je je. Hice un chistonto, como dice mi nueva dueña.