miércoles, 28 de abril de 2010
Sorpresa
Apareció de nuevo, en moto con su hija. Traía el collar verde y la correa. El corazón se me salió por la boca. No dije nada, pero casi me muero. Me temblaban las piernas. Tal vez la diarrea tenía que ver, no sé.
Habló unas palabras con el flaco. Le dijo que había aparecido mi dueño.
¡Mi dueño! ¡Mi familia! Creo que me desmayé.
Lo siguiente que recuerdo es que me llevaba de la correa. Caminamos como dos o tres cuadras. Apareció un tipo grandote, que la saludó y agarró la correa.
No era mi dueño. Era el tipo que me fue a ver con su mujer al refugio, y después no me quisieron. ¿Y ahora qué? ¿A qué vienen de nuevo?
No dije nada, sobre todo porque apenas agarró la correa me dí cuenta de que el tipo está acostumbrado a mandar.
Hablaron un rato, y él me acariciaba. Me cayó bien, pero yo estaba muy nervioso. Mi familia no aparecía. Otro dolor, otra puñalada.
Me subió a un auto, y ellas se fueron. Detrás de ellas, arrancó él. Me había bajado mi ventana, hacía mucho calor. Anduvo media cuadra, dobló a la derecha en la esquina. Y yo salté por la ventana.
Me vi libre, corriendo por el campo, con el collar verde.
Pero me encontré colgando. Colgando del collar. Verde. El guacho había atado la correa adentro del auto. No se enojó. No dijo nada. Frenó. Se bajó. Me alzó con cuidado. Me metió en el auto de nuevo.
Y esta vez cerró la ventana.