lunes, 12 de abril de 2010

En la calle

Es verano, así que no paso frío. Pero tengo hambre y sed. Tomo el agua de los charcos, y como de la basura. Estoy sucio y ya no tengo el pelo brillante. No me importa.

He peleado una cuantas veces. Yo soy tranquilo, pero hay otros perros que parecen locos. Si me atacan me defiendo. Ya tengo varias cicatrices y me voy fogueando. No me asusto de nada: eso es bueno. No me gustaría ser miedoso. Me dan pena esos perros que andan todo el día con la cola entre las patas.

La gente me tiene miedo. Cuando me ven venir se apartan. Las madres alzan a sus criaturas. No entiendo: yo quiero jugar, quiero que me mimen, quiero hacerles fiestas. Pero cuando me acerco se asustan. Qué triste estoy, qué triste.

Ayer iba paseando, y ví una manada como de diez perros. Y una perra. Me llamó la atención. Los que mandan siempre son los machos, y además se pelean todo el tiempo. Pero estos iban todos detrás de la única perra. Ella no le hacía caso a ninguno. Qué raro. Si estuviera mi madre le pediría que me explique todo esto. Pero no está.