lunes, 26 de abril de 2010

Qué lo parió, Mendieta

Estoy con mi nuevo dueño, el flaco. Es muy bueno. Me quiere y juega conmigo.

Solo que yo soy un rottweiler, y necesito comer mucho. Y la situación no es muy buena. No quiero decir nada, porque también hay otros perros y se la bancan callados. Unos galgos, flacos como el Quijote. Estoy aprendiendo a cazar ratones, y cualquier bicho que aparezca. Lo que sea, con tal de comer. Pero no vamos bien. Estoy en los huesos, se me cuentan las costillas. Tengo diarrea, una diarrea que no se me pasa. Y tengo sarna, lo que me faltaba. Me pica como loco. Y para colmo me pican los ojos. No veo muy bien. Y no me pueden llevar al veterinario. No se lo voy a echar en cara, porque realmente no tienen plata.

Qué lo parió, Mendieta. Le agradezco al flaco lo que me quiere. Le agradezco que me haya dado un hogar y una familia. Pero me muero de hambre. Y de sarna. No sé qué hacer.

Yo soy un perro y orgulloso de ser perro. Los humanos me caen bien, aunque no los envidio. Nunca quise ser humano, pero ahora sí. Me gustaría ser humano para rezar, porque no sé qué hacer, y el agua me llega al cuello.

Si estuviera la señora rubia, ella diría Dios mío, y las cosas se arreglarían. Pero ella no está, ella también se olvidó de mí. Yo lo hablaría a Dios, pero no sé cómo hacen ellos. No sé qué hacer.

Qué lo parió, Mendieta.