Hace varios días que tenemos una diversión nueva. Lisa y yo, digo. Hay un desagüe pluvial grande, que arranca junto al motor de la bomba, pasa por la cochera, y desemboca en la calle. Tiene unas rejas de barrotes gruesos. En la cochera está tapado con una alfombra de goma.
Nosotros veníamos sintiendo un olor raro, nuevo. Casi diría desconocido, pero no. No sé bien qué es, pero es una presa, algo que yo tengo que cazar; estoy seguro. Me lo dice el instinto, me lo grita cada alelo en mi genoma. Cada ráfaga de ese olor desata en mis venas una jauría de lobos. Nos ponemos locos, tumbamos las cosas, escarbamos los barrotes.
Hasta ahora, nada. Mucho ruido, los retos de ellos que nos quieren hacer callar.
Veremos.