Anoche, cuando él fue a cerrar las puertas, oyó un ruido. Un ruido inconfundible. Nos llamó (estábamos en la cucha instalados) y nos marcó el lugar. La rata salió como una luz. Quedaba el olor. Nos pusimos locos, revolvimos todo, pero sin suerte. Se había escapado. Salimos atropellándonos al patio cubierto y allá arriba, caminando por los tirantes, estaba ella. Estalló el frenesí. El buscó la escoba, y la volteó. Cayó al piso, rebotó, y en un instante se metió detrás del motor, pasó por la reja y desapareció por el desagüe.
Una decepción.
Luego, él puso cuatro ladrillos tapando la boca, puso baldosas sobre la alfombra de goma de la cochera, revisamos una vez más, y nos fuimos todos a dormir.
Como a las dos de la mañana oímos un grito. Ella estaba soñando que una rata la perseguía a galope tendido, y se despertó.
Estamos todos alterados, por lo visto.