jueves, 31 de mayo de 2012

Newton

Salieron a la tarde y cuando volvieron

ahora que lo digo, me está pareciendo que cada vez que salen y vuelven pasa algo

cuando volvieron pararon delante del portón, y empezaron a mirarnos a Lisa y a mí. De una manera rara. Nos miraban y no se bajaban. Empezamos a llorar. Estas cosas nos ponen mal.  Lo inesperado nos desorienta. Al rato, ella se bajó, abrió el portón, entraron el auto y cerraron todo. Nosotros esperábamos detrás de la puerta que va de la cochera al porche, con la nariz pegada al vidrio. Y se demoraban. Al final, aparecieron con una caja.

¡comida, vamos a olfatear! pensamos nosotros

Pero no nos dejaron ni arrimar. La caja tenía un olor raro.

me acordé de las selvas, de la tundra y la estepa, las cacerías en manada
pero yo nací acá, no en Alaska
hago memoria; creo que nunca cacé un alce

me dí cuenta. Me dí cuenta enseguida. Gato. Olor a gato. ¿Cómo gato? ¿Dentro de la caja?
Al rato nos dejaron verlo. Es un gatito bebé. Ella nos contó que se llama Newton y no lo podemos comer

qué ridículez
cómo le van a poner Newton al gato
Newton
y no es para comer

ridículos

miércoles, 30 de mayo de 2012

La trampa

Ayer a la tarde volvieron con una trampa. Es una jaulita, le abren la puerta, le ponen queso, y a esperar. La trampa estaba en la cochera. Debajo del auto la puso el guacho, bien al medio. Debajo del auto y claro, del otro lado del boyero eléctrico.


(el boyero lo pusieron porque...
no sé, no entiendo por qué...
¿qué daño le hace a la rueda que yo la orine? Claro que no era una, eran las cuatro. Y los paragolpes (o spoilers, chupate esa). Los dos. Y ya que estaba, las puertas también. Después de todo, yo soy el rey de la cochera, y todo lo que está en la cochera es mío. Pero no. No y no. Y pusieron el boyero. Un par de patadas después aprendí que no me conviene tocarlo...)

A la nochecita, gran batahola, Lisa aullando como un demonio, y yo fui a ver. Saltamos el alambre (lo que puede la adrenalina), Lisa se metió debajo del auto y sacó la jaulita. Con una laucha dentro. Ah, por fin. Me puse la servilleta y me dispuse a comerla. Big problem. La jaula es de alambre de acero. La rata me miraba, asustada. Con razón. El alambre se doblaba, pero no se rompía. Al ruido vinieron los dos. Me quitaron mi jaula.
Todo me quitan, parecen de la AFIP.
La jaula fue a parar al balde, el balde bajo la canilla, y lo llenaron de agua.
¿Y para qué la bañás a la laucha? Igual sigue siendo un bicho inmundo. Lo único que falta es que le pongas mi champú. Pero bueno, date el gusto, bañala si querés.
Por supuesto, al rato se murió. Obvio que se iba a morir. No entienden nada estos humanos. Se murió. La embolsaron y desapareció. Armaron la trampa de nuevo.
Pensando un rato nos dimos cuenta de que hace meses que no lo conectan, al boyero. Así que esta vez saltamos el alambre sin dramas. Lisa sacó la jaula de abajo del auto, y yo me la llevé a la cucha para estudiarla. Estaba en eso cuando, de golpe, se cerró sobre mi hocico. Eso me dolió. Esta mañana ella descubrió la jaula en mi cucha. Me la quitaron, la armaron de nuevo, y volvieron a conectar el boyero.
Hay gente jodida.

martes, 29 de mayo de 2012

¡Rata!

Anoche, cuando él fue a cerrar las puertas, oyó un ruido. Un ruido inconfundible. Nos llamó (estábamos en la cucha instalados) y nos marcó el lugar. La rata salió como una luz. Quedaba el olor. Nos pusimos locos, revolvimos todo, pero sin suerte. Se había escapado. Salimos atropellándonos al patio cubierto y allá arriba, caminando por los tirantes, estaba ella. Estalló el frenesí. El buscó la escoba, y la volteó. Cayó al piso, rebotó, y en un instante se metió detrás del motor, pasó por la reja y desapareció por el desagüe.
Una decepción.
Luego, él puso cuatro ladrillos tapando la boca, puso baldosas sobre la alfombra de goma de la cochera, revisamos una vez más, y nos fuimos todos a dormir.
Como a las dos de la mañana oímos un grito. Ella estaba soñando que una rata la perseguía a galope tendido, y se despertó.
Estamos todos alterados, por lo visto.

lunes, 28 de mayo de 2012

El llamado de la sangre

Hace varios días que tenemos una diversión nueva. Lisa y yo, digo. Hay un desagüe pluvial grande, que arranca junto al motor de la bomba, pasa por la cochera, y desemboca en la calle. Tiene unas rejas de barrotes gruesos. En la cochera está tapado con una alfombra de goma.
Nosotros veníamos sintiendo un olor raro, nuevo. Casi diría desconocido, pero no. No sé bien qué es, pero es una presa, algo que yo tengo que cazar; estoy seguro. Me lo dice el instinto, me lo grita cada alelo en mi genoma. Cada ráfaga de ese olor desata en mis venas una jauría de lobos. Nos ponemos locos, tumbamos las cosas, escarbamos los barrotes.
Hasta ahora, nada. Mucho ruido, los retos de ellos que nos quieren hacer callar.
Veremos.